País calesita

Hay algo milagroso en el hecho de que cientos de miles de personas, sin órdenes ni jefes, sin estructuras ni organizaciones, coincidan en un lugar y en un momento. Porque fue tan anunciada, la multitud de este jueves no nos sorprendió, nos pareció casi normal: no lo es; sucede muy de cuando en cuando, y la cantidad de elementos que deben confluir para que suceda es inimaginable. Pero saber que es muy extraordinario no alcanza para explicar nada.

Hay hechos que se explican a sí mismos. Hay otros que son el trampolín de chorros de interpretaciones. Es raro que cientos de miles de personas en la calle sean materia tan fértil, tan maleable de interpretación. Es raro: en general, cientos de miles de personas en la calle son un mensaje más o menos claro. Pero este jueves las calles estaban llenas de incógnitas: nadie sabe todavía cuántos fueron, nadie sabe bien quiénes fueron, nadie sabe del todo qué querían.

Se sabe que fueron muchísimos, se sabe que fueron mayormente clase media –pero la clase media es un concepto vago y amplio–, se sabe que no querían ciertas cosas. Y el resto es tema de debate.

El gobierno aporta su versión, en dos opciones: trata de convencernos de que los movilizados del jueves 8 eran: o bien nada –un balbuceo confuso de damas del Socorro– o bien la amenaza aterradora de la horda multitudinaria ultraderechista racista videlista golpista magnettista desbocada. Es raro que digan lo uno y lo otro: alguien debería poner orden y elegir. La que podría ponerlo simula que aquí no pasó nada: habla de China. Pero se deslizó, en medio de tanto desdén de cotillón, un pequeño momento de verdad, un destellito. La señora presidenta los suele producir, últimamente, con su tendencia al lapsus linguae. Le reprochan que miente y, en realidad, cada vez se le escapan más verdades: como cuando dijo, hace semanas, que este país era jauja porque “cualquiera” se podría comprar dos millones de dólares sin decir para qué. Ahora, el propio jueves, lo que dijo fue bastante claro: sin que viniera a cuento, se le ocurrió recordar que su marido –el de los dos millones– solía decirle que “en los peores momentos es cuando se conoce a los dirigentes”. O sea: que como sin querer le puso a este momento el adjetivo.

 

EL POST CONTINUA ACA