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Perseguidos, enfermizos y con diarrea


Ricardo Jaime, Milagros Sala, Lázaro Báez, Cirigliano, Minicelli, Víctor Manzanares, José López, Roberto Baratta y Julio de Vido, no son suplentes en el banco de un seleccionado del fútbol, son los encarcelados por causas de corrupción, producto del gobierno que durante más de una década se apropió del poder para saquear el Estado, de mano del jefe supremo, hoy extinto, Néstor Kirchner,

 

mando que luego tomaría la jefa de la banda, Cristina Fernández quien reincidió, para el delirio militante y cuando se la contaba segura, el voto la eyectó del poder y aquellos que antes ostentaban poder, dinero e impunidad, cayeron en desgracia y hoy, al menos algunos de ellos, son parte de este seleccionado de la corrupción K en la República Argentina.

Esta asociación ilícita que de a poco se fue quedando con todos los recursos y succionando del erario público miles de millones de esta inagotable caja que se llama país, había elucubrado una campaña o relato, que nos lo vendían como el de los Reyes Magos de nuestra infancia, en el cual Julio De Vido, mientras se robaba los barcos fantasmas de gas que nunca llegaban, nos hacía ver lo necesario que era comprar más y más combustibles, porque el crecimiento era tan rápido que no podíamos autoabastecernos; Jaime, Randazzo, Julio y Cristina nos llenaron de trenes viejos, vetustos y obsoletos, traídos de los desguaces que molestaban en Europa, persistiendo en la campaña multimillonaria que apuntaba a tecnologizar cada vez más los ferrocarriles argentinos; nos vendieron el relato de las represas sobre el río Santa Cruz para aumentar “la matriz energética” y nos contaron el cuento que YCRT de un momento a otro iba a sacar carbón para alimentar a una usina que luce como un solitario cascarón vacío, caro, inerte y resplandeciente. Nos dijeron que tuviéramos paciencia que desde el 2003 se había lanzado un descomunal y ambicioso plan de recuperación vial y que el gobierno argentino había decido “vivir con lo nuestro” impidiendo que el FMI meta sus narices en nuestras cuentas, obvio, porque el plan impedía que alguien auditara y descubriera a qué bolsillo iban a parar los fondos del Estado nacional; y podríamos seguir enumerando hasta el infinito la cantidad de emprendimientos que tenían como fin hacernos sentir bien en el futuro, pero nos exigía esfuerzos y sacrificios en el presente.

Pero un día, después de 12 años de relato, el pueblo decidió dar el paso que se había negado a dar en más de una década y para ilustrar cómo terminó este cuento, viene al caso recordar la metáfora que describió el General José de San Martín cuando explicó la decisión de cortar lazos con la corona española “El rey nos decía que si no podíamos comprar leña, que nos emponchemos; que si por pobre no podíamos alimentar a nuestro caballo, que no lo tengamos, que si alimentarnos era costoso, que comamos menos…Entonces decidimos ahorrar gastos y nos liberamos del rey.”

El denominador común de los presos K es que siguen abrazados al relato, justificando desde el principio dogmático que hicieron de la mentira permanente, la simulación, el descaro y la falta de dignidad, la situación a las que los llevó la ambición desmedida, la impunidad descontrolada y la creencia de que todo eso, jamás se les terminaría.

Un buen preso K debe sentirse “un preso político”, es alguien a quien la “falta del estado de derecho” (ergo: dictadura de Macri) hace que “la justicia lo persiga”, son personas “con problemas de salud” y por tal motivo la mayoría sienten que “no debieran estar en la cárcel” y lo más llamativo, dicen sentirse ofendidos porque lo que para ellos es una justicia obediente al gobierno, parcial, claramente politizada y decidida a silenciar al kirchnerismo, los trata como delincuentes, incluso, antes de ser condenados.

La soberbia, la altanería y el desparpajo que los marcó en sus funciones, el lujo, la ostentación y el exhibicionismo que dilapidaron en lo años locos de la década ganada, en nada se parece a la realidad actual, donde deben cuidar como oro una tarjeta telefónica, ven televisión en un viejo aparato a tubo en espacios comunes, deben hacerse la comida, bañarse en duchas colectivas levantando el jabón de un sucio piso y vivir encerrados en celdas donde duermen, comen y cagan en el mismo ambiente.

Es el precio del delito. Cuando uno comete un crimen, debe estar seguro de poder pagar la condena; de no ser así, el ser humano pensante debe saber abstenerse de las tentaciones desmedidas y pensar en su futuro, en sus hijos, nietos y en él mismo, pero mucho antes de cometer el pecado. Porque hoy, quienes más sufren son los mismos actores estelares que en un tiempo brillaron en el pedestal de la fama, el poder y el dinero fácil.

Hoy el mundo se les achicó tanto que todos sus bienes se concentran en los cuatro metros cuadrados de su celda. Ya nadie les besa el anillo no les pide nada y nadie reconoce o recuerda si les debe algo; ni siquiera los tiene en cuenta. Los que usaron de sus servicios, están libres aún. Nadie pone por ellos, las manos al fuego. Están solos, perseguidos, enfermos y con diarrea. No saben si serán “el pavo de la boda” por el resto de sus días, pero lo que sí saben es que esto no tiene nada de pasajero y que el costo por 10 años de placer son muchos e incontables años de sufrimiento.

Proyectaron sus vidas al revés. Hoy, cuando debieran estar disfrutando de sus hijos, sus nietos y preparándose para una vejez feliz y tranquila, han perdido la libertad, el segundo bien más preciado del ser humano después de la vida y para algunos, será el fin de una existencia que el relato les hizo creer nunca se acabaría y hoy, viven, comen y duermen, dentro de la calabaza en la que los transformó la realidad a la cual despertaron. (Agencia OPI Santa Cruz)

EL POST ORIGINAL ACA

 

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